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Opinión-Editorial

Hispania corrumpere patria

21 de Febrero | 11:51
Hispania corrumpere patria
Ya hace unos meses que escribí esto, pero ahora, después de la sentencia del caso NÓOS, creo que sigue vigente.

Para que, al menos, disminuya la corrupción en nuestro país, es necesario cambiar  algunos usos y costumbres de los poderes públicos y de los partidos políticos, en caso contrario, estaremos alimentando populismos de ambos signos capaces de acabar con el estado de derecho.    

Pues bien, decía que:

La corrupción nos está llevando a los españoles a un estado de crispación crónica que puede poner en peligro nuestra democracia y el estado de derecho.

España es un país donde la golfería, según quien la protagonice,  crea indignación o alborozo. No hace mucho era  jaleado y animado por el respetable, mientras se personaba en el juzgado de turno, un famoso futbolista  que presuntamente había estafado a la hacienda pública, sin embargo,  por un delito parecido, ese mismo personal pedía la cabeza de una Infanta de España.

La corrupción política de un estado es directamente proporcional al nivel ético de los ciudadanos que lo componen. Los políticos no son más que representantes del pueblo soberano del que provienen y tienen los mismos defectos y virtudes que la generalidad. No hay más golfos en la política que en la sociedad en general, lo único que ocurre es que unos tienen más a mano que otros hacer golferías, o unas golferías, dependiendo de los autores, se persiguen y airean  más que otras.

Un factor que influye y, creo yo que de forma muy decisiva, es la permanencia  “in saecula seculorum” de las mismas personas ocupando cargos políticos remunerados. Hacer de la política una profesión no es una buena idea, pero es que además no se pide ninguna preparación, ni condición. Los ciudadanos votan generalmente siglas de partidos o al líder político de turno sin preocuparse de quienes  son, o a qué se dedican los componentes de las listas que, luego serán quienes  les representen en las distintas instituciones. Así a la política acceden, en muchas ocasiones,  arribistas sin oficio ni beneficio con la intención de perpetuarse en cargos públicos remunerados y sin ningún prejuicio ético.

Los partidos  también contribuyen a crear las condiciones óptimas para que la corrupción  nazca y se desarrolle.  Los prebostes  de las distintas formaciones sólo están preocupados de mantener su cuota de poder y para eso se rodean de fieles que, a cambio de un buen puesto en la lista de turno, serán sumisos, obedientes y proclives a conductas de ética dudosa, eso sí, por el bien del partido.

La justicia con su inoperancia y su aparente ambigüedad también juega a favor de la corrupción. En España tenemos una administración de justicia bastante ineficaz en según y que asuntos. En lo referente a los delitos de corrupción actúa con una lentitud desesperante y, porque no decirlo, con criterios dispares que confunden a los ciudadanos que, en muchos casos, opinan que los corruptos se van, en bastantes ocasiones, “de rositas”.

Los medios de comunicación con sus juicios paralelos, informaciones sesgadas y, negación de la presunción de inocencia,  también contribuyen, según sea su ideología, a prejuzgar a los posibles amantes de lo ajeno y, mientras linchan mediáticamente a unos, a otros los disculpan o incluso pontifican.

La corrupción política sólo disminuirá en nuestro país cuando haya:

  • Un sistema electoral más justo.
  • Se limite el tiempo de permanencia en cargos políticos remunerados.
  • Se modifique y se adecúe a los tiempos la Ley de Financiación de los Partidos Políticos.
  • Se juzgue y se condene al corrupto con diligencia y se le exija la devolución de lo sustraído.
  • Se respete la presunción de inocencia y los secretos de los sumarios.
  • Los partidos políticos antepongan los intereses de España a los suyos y, propongan al electorado para ostentar cargos públicos a ciudadanos preparados, con una trayectoria personal y profesional impoluta y, vocación de servicio.  
D.B.



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