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Cultura, literatura, historia, música

Contra el “intelectualismo felicifoide” de Javier Gomá

20 de Febrero | 12:26
Contra el “intelectualismo felicifoide” de Javier Gomá
En 1904, Emilia Pardo Bazán describía en estos términos a la incipiente narrativa modernista: “Los libros de los jóvenes son, en general, cortos de resuello; revelan fatiga, y proclaman a cada página lo inútil del esfuerzo y la vanidad de todo. Muéstrase esta generación imbuida de pesimismo, con ráfagas de misticismo católico a la moderna (sin fe ni prácticas), y propende a un neorromanticismo que transparenta las influencias mentales del Norte –Nietzsche, Schopenhauer, Maeterlinck–, autores que aquí circulan traducidos”. Un texto que no muestra sin más una queja por parte de Bazán (no hay más que leer cualquiera de sus obras –repletas de guiños al determinismo, a los sinsabores de la existencia o al decadentismo en general– para caer en la cuenta de ello), sino más bien la plasmación de una constatación que a la autora coruñesa le resultaba extraña, acaso insalvable.

Sin duda, uno de los patrones filosóficos en los que se fundó el pensamiento de este nuevo grupo de narradores fue el desgarrador pesimismo de Arthur Schopenhauer (1788-1860), influjo que quedó reflejado en numerosas novelas y reflexiones del grupo conocido como “Generación del 98”. Schopenhauer fue muy leído y comentado en los ambientes intelectuales, literarios y artísticos de finales del XIX. En La Regenta de Clarín, por ejemplo, leemos el siguiente fragmento que nos recuerda a la concepción schopenhaueriana del dolor: 

No, no hay nada –decía aquel tormento de cerebro–; no hay más que un juego de dolores, un choque de contrasentidos que pueden hacer que padezcas infinitamente; no hay razón para que tenga límites esta tortura del espíritu, que duda de todo, de sí mismo también, pero no del dolor que es lo único que llega al que dentro de ti siente, que no sabe cómo es ni lo que es, pero que padece, pues padeces. 

O en Del sentimiento trágico de la vida de Miguel de Unamuno

El único misterio verdaderamente misterioso es el misterio del dolor. El dolor es el camino de la conciencia, y es por él como los seres vivos llegan a tener conciencia de sí. 

Ya el joven Pío Baroja había explicado que el conocimiento claro y la conciencia desarrollada aumentan el dolor. El título de su tesis doctoral de 1896 es significativo y muestra sus inquietudes científicas y metafísicas: El dolor. Un estudio de psico-fisica, donde afirmaba que el acto mismo de vivir lleva a la sensibilidad (o cenestesia) que se manifiesta en tendencias; cuando éstas se satisfacen, producen placer; cuando se contrarían, entonces surge el dolor. En esta obra de juventud, si bien académica, leemos que “el dolor es duradero y aporta un conocimiento; [...] una neuralgia nos indica el trayecto de un nervio y de sus colaterales. En el mundo moral sucede lo mismo, y así como es una gran verdad el aforismo del Eclesiastés que dice: ‘Quien añade ciencia añade dolor’, puesto a la inversa resultaría también cierto: ‘quien añade dolor añade ciencia’”. Baroja siempre se mostró preocupado por la desgracia y por aquellos que la sufren: el dolor viene dado por la maldad y perversidad del hombre; incluso llega a escribir un artículo con título “La perversidad”, en el que se advierte la influencia de Edgar Allan Poe: “el filósofo de la perversidad es Edgardo Poe, genio anómalo y gran analista que afirmaba imperturbablemente como verdad la maldad innata del hombre”.

En una reciente entrevista en El Cultural de El Mundo, Javier Gomá –con quien el autor de estas líneas ha podido discutir pública aunque brevemente sobre estos asuntos– asegura sin miramientos que “la tristeza es algo vulgar”, mientras que “la alegría resulta inteligente, un milagro”. Afirmaciones que resultan chocantes a cualquiera que haya transitado mínimamente las sendas de la vida y que pueden causar desde hilaridad hasta enojo. Digámoslo alto y claro: el dolor, el desamparo, la incertidumbre y el sufrimiento son una constante en la vida del ser humano, y cabría decir que uno de nuestros más detestables atributos es la posibilidad de ser indiferentes frente a tales instancias, sus causas, sus aristas y meollos. En un artículo de 1903, “Crónica: Hampa”, el propio Baroja dejaba escrito lo siguiente: “La diferencia es demasiado patente, el rico no quiere comprender, se encastilla en su indiferencia; el pobre que nada puede hacer por ahora más que rebelarse, se encastilla en su odio. [...] No, esa indiferencia ni es humana, ni es justa, ni es siquiera prudente”. Una indiferencia que nos traslada directamente al panorama de crisis actual, con fuertes desajustes de renta e insalvables desigualdades sociales, y que nos hace recapacitar sobre las a mi juicio tan desacertadas e incluso condenables palabras de Gomá.

Si por algo se caracterizan los textos de los autores hasta ahora mencionados (con la salvedad, por supuesto, de Gomá, cada vez más cercano a la autoayuda y a la filosofía de salón entendida en su sentido más ramplón y corporativista) es por el esfuerzo de plasmar la relación conflictiva que media entre el hombre sensible y el mundo, es decir, entre la conciencia de sí y la realidad. Lo que da unidad y enjundia al modelo narrativo decadentista de finales del XIX y principios del XX es el personaje: el héroe decadente, personaje fuera de lo común caracterizado por pertenecer a la aristocracia del espíritu y encarnar a su vez una sensibilidad estética contrapuesta de modo antagónico al materialismo utilitarista del sistema capitalista, cuyo exponente es la mediocridad de la sociedad burguesa. Algo que, sin duda, Gomá ha debido olvidar. Desde las altas cumbres se hace difícil distinguir los detalles, pues sólo se alcanza a ver en lontananza.

Lo que Baroja, Unamuno, Azorín o Clarín (entre otros muchos) deseaban poner de relieve, bajo la égida del desencanto producido por la decadencia del país y la crisis de valores que la sociedad española vivía en aquel fin de siglo, era la conciencia de cesura y ruptura, el profundo abismo abierto entre los anhelos del alma (la voluntad) y los destinos que la propia sociedad podía ofrecer: tal fue la base del pesimismo del que se hallaba henchido el héroe trágico y decadente, tan parecido al desasosiego de los jóvenes del presente, de esa generación a la que llaman “perdida”, y que sin duda se encuentra irremediablemente cansada y triste (quizás, a juicio de Gomá, también carente de inteligencia, puesto que no pueden encontrarse alegres dadas las circunstancias). Andrés Hurtado, protagonista de El árbol de la ciencia, habla de este modo en uno de los momentos clave de la obra de Baroja: “Uno tiene la angustia, la desesperación de no saber qué hacer con la vida, de no tener un plan, de encontrarse perdido, sin brújula, sin luz adonde dirigirse. ¿Qué se hace con la vida? ¿Qué dirección se le da? Si la vida fuera tan fuerte que le arrastrara a uno, el pensar sería una maravilla”.

La realidad de aquellos jóvenes escritores es subjetivizada, tamizada por su conciencia, que ejerce de colador. Y así, Fernando Ossorio, bajo un semblante hamletiano, se expresa de esta forma en Camino de perfección

¿Qué es la vida? ¿Qué es vivir? ¿Moverse, ver, o el movimiento anímico que produce el sentir? Indudablemente es esto: una huella en el alma, una estela en el espíritu, y entonces, ¿qué importa que las causas de esta huella, de esta estela, vengan del mundo de adentro o del mundo de afuera? Además, el mundo de afuera no existe; tiene la realidad que yo le quiero dar. 

Recordando al Nietzsche de Ecce Homo, la pregunta no es ya cuánta verdad osa un espíritu, sino cuánta le está permitido soportar. Ser héroe (siquiera trágico) o víctima no sólo depende de la inteligencia, sino también y sobre todo de las posibilidades materiales y estructurales de las que cada estrato social dispone para desarrollar sus capacidades. Lo que Gomá no entiende es que en el mundo occidental actual no puede haber más desarrollo que el permitido, que el tolerado. Sus palabras reflejan un flagrante desconocimiento de la realidad social española e incluso europea, al menos de ciertas capas sociales, en la que jóvenes y adultos luchan por sobrevivir (¡al margen de la inteligencia!) y en la que la tristeza, en ocasiones, puede ayudar a sobreponerse a los duros golpes a los que nos enfrente el Destino.

No tendría valor, y me repugna la sola idea, para decirle a un niño que se entristece, o a un joven deprimido, que sus estados se deben a una franca vulgaridad. La inteligencia, más de lo que se quiere reconocer (sobre todo allí donde se equipara con ocupar ciertos puestos), no es tanto una capacidad como una conquista. Luchemos por desterrar el simplón y acomodaticio “intelectualismo felicifoide” para presentar armas en y frente a la vida: también en la tristeza, más que nunca en la tristeza. ¿Quién o cuándo se consiguió algo de altura sin haber sentido el más hondo desamparo frente a la vida? No se me antoja nada más triste que un mundo sin tristeza, sin la conciencia de la propia y de la ajena: suframos, lo merezcamos o no, para poder sentirnos libres del yugo de la necesidad y, al fin, poder sonreír. Inteligentemente.



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