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Opinión-Editorial

La luz

15 de Febrero | 11:17
La luz
El padre prácticamente yacía tumbado en el sillón. Miraba hacia delante inmóvil, agarrado a sus propias rodillas. El timbre de la puerta sonaba insistentemente y de vez en cuando se oía algún porrazo intermitente. Insistían. —Papá, llaman a a la puerta.

—Abre tú, yo no puedo —el padre miró de reojo al niño—. Abre, es lo mejor para ti. 

Los ojos del niño se inundaron de lágrimas pero no caía ni una. Tenía cinco años. Arrugó la nariz para contener el agua salada, formando un diminuto dique con sus párpados inferiores. No lo consiguió, dos gotas recorrieron su mejilla; y sus pómulos comenzaron a contraerse espasmódicamente. Apretó los labios para no saborear su inmensa tristeza. 

—No quiero, papá —sollozó.

—¿Y tu madre?

—Tampoco puede —sorbió los mocos antes de que cayeran. 

La madre, tendida sobre la cama boca abajo, se tapaba la boca con ambas manos. El niño se asomó a la puerta y zarandeo suavemente a la mujer. Ésta, impertérrita, inquirió a su hijo. 

—Hijo, abre la puerta. Nosotros ya no podemos ayudarte. 

Los golpes en la puerta eran cada vez más violentos. Se escuchaba gente en el pasillo; algunas voces familiares, de vecinos. El niño se acercó a la entrada de la casa atraído por los ruidos. Puso la mano sobre la madera y se dio la vuelta, buscando la complicidad de su padre. Algo sólido, metálico, impactó al otro lado y todo tembló. El niño dio un salto hacia atrás, asustado, lloró sin emitir ni un sonido. Corrió a abrazarse a su padre, éste no reaccionó. 

—¡Papá!

—Hijo, abre la puerta —dijo el padre indiferente—, es lo mejor.

—¡No, quiero quedarme con vosotros! —le costaba respirar del esfuerzo de intentar contener el llanto. 

La persiana estaba casi bajada, y una nube tapó el sol justo en el instante en el que soltó a su padre. El salón se oscureció y el niño corrió a encender la luz pero la bombilla seguía apagada. No tenía fuerza para tirar de la maltrecha cuerda que daría paso a más claridad. La persiana tenía algunas lamas destrozadas por el paso del tiempo, y sus padres hacía meses que no tenían dinero para hacer ninguna reparación. El niño accionó de nuevo el interruptor pero no sirvió de nada. Hacía cuatro días que habían cortado la luz. Por eso sus padres encendieron aquel dichoso fuego, para calentarse;  hacía frío dentro del piso, frío de verdad, y las mantas ya no servían de nada. Parecían estar mojadas, pero no, era frío. El fuego era pequeño y controlable dentro de aquel bote metálico que lo contenía. El dichoso fuego. Era agradable, eso pudo recordar el niño cuando despertó. 

Otro golpe, esta vez destructor. Rompió parte de la puerta hasta casi descolgarla. 

—¡Papá!

—Tranquilo, hijo. Vas a estar bien.

—¡No, por favor, papi! —el niño rompió a llorar y ya no veía nada. 

La puerta cayó sobre la alfombra y allí estaban, cinco policías tapándose la nariz con la mano completa. Dejaron el ariete en el suelo y los vecinos se echaron a un lado, asomándose tras los agentes. Algunos no pudieron aguantar la escena y se retiraron mareados, contrariados, perdidos... El niño no hizo nada más, se acercó a uno de los policías con la cabeza agachada. Llorando. 

El bote metálico contuvo el fuego de los periódicos y los trozos de madera de una silla vieja, pero no contuvo los gases de los restos de pintura seca que albergó un día. Abrieron la ventana, el olor era fuerte pero compensaba con el calor que emitía. Los padres no imaginaron que esa emisión los mataría. Llevaban dos días pudriéndose en el sofá y la cama. El niño sólo recordaba el calor agradable. Se despertó confundido, con los golpes en la puerta que harían que nunca más pasara frío.



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