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Opinión-Editorial
MIS MARTES AL SOL

La importancia de las pequeñas cosas

7 de Febrero | 10:41
La importancia de las pequeñas cosas
Los grandes proyectos, cuando son impulsados por gentes que hacen bandera tanto de la independencia de criterio, como de la independencia política, sufren a veces grandes frustraciones o periodos de aplazamiento y de volver a empezar. Vivimos en una sociedad que cambió un caciquismo cerril y represor por otro más sutil en el que las libertades democráticas proclamadas, son ahora ahogadas  por una inmensa burocracia que sirve al gobernante y a otros poderes para depurar lo que no les gusta o a aquellos de los que no se fían. Los que soñábamos con unas cooperativas modernas, autónomas y sin dependencia vertical, pronto vimos que la maquinaria del Estado estaba gestionada por funcionarios de vieja escuela aliados con los nuevos gestores de lo público que solo creían en las estructuras verticales...

Cuando creímos llegada la hora en que la Dehesa sería el símbolo y el medio de vida de mucha gente, nos encontramos con una estructura de la propiedad  que prefería la caza,  las bajas rentas ganaderas y las plusvalías del precio de la tierra, al riesgo de desarrollar los múltiples aprovechamientos que acoge bajo su manto. Cuando creíamos que las Cajas de Ahorro y las Cooperativas de Crédito serían la plataforma de impulso de los proyectos regionales, sociales, culturales, ecológicos, etc., vimos cómo eran llevadas a la quiebra, tras el pillaje corrupto de unos delincuentes políticos apoyados por las instituciones del Estado (el Banco de España, entre otras), que solo pretendían quitarle la competencia del cincuenta por ciento del mercado a unos grandes bancos, a los que después entregaban esta estructura por cuatro perras. Y estos delincuentes no han sido juzgados ni encarcelados todavía, aunque ahora empieza tímidamente ese proceso.

Siendo así las cosas entenderán que los proyectos con grandes objetivos asociativos, sociales o ecológicos, dignos de una sociedad moderna fueran rechazados y obstaculizados sistemáticamente. Y quienes los promovíamos íbamos al destierro profesional o a una persecución permanente, que todavía hoy sigue.

El panorama en este nuevo siglo no ha cambiado mucho. La sociedad post industrial, que dicen que va ya por “la cuarta revolución industrial”, presenta signos de esperanza en no pocos avances tecnológicos, y de honda preocupación en otros, que nos están conduciendo al desempleo generalizado y a muchos tráficos indeseables, menos al de las mercancías realmente necesarias y al de las personas que necesitan salir de situaciones insostenibles (fíjense en ese Méjico que tanto ayudó a los refugiados españoles, lo que puede esperarle ahora, por citar un solo ejemplo).  

En tanto vaya abriéndose paso la cordura en el mundo, en Europa, en nuestro País, en la clase política y sindical, en la sociedad civil, etc. y podamos volver a pensar en proyectos que hagan mejor la existencia de los ciudadanos y el entendimiento entre los pueblos y las instituciones que rigen el mundo, nos quedan las pequeñas cosas de la vida cotidiana. Esas en las que hay que cimentar los cambios futuros, siguiendo aquella frase que decía: “el mundo cambia con tu ejemplo, no con tu opinión”.

Levantarse con un café mañanero tomado con buenos amigos, desayunar con productos locales y sanos, criados en tu pequeño huerto cuando ello es posible, hacer la compra siguiendo la pauta de un consumo responsable, recuperar aquellos guisos populares que aprendiste de la madre o de la abuela, etc., son hábitos saludables que producen gran placer y dan sentido a la vida. También se debe mantener la tendencia al trabajo bien hecho, y en los tiempos que corren, estar dispuesto a reinventarse, cambiar y aprender nuevos oficios; porque los cambios van a ritmo vertiginoso. Y también es importante cuidar la conversación directa con los amigos y la familia y estar bien informado de lo que sucede en la aldea, pueblo o ciudad, y en el mundo entero; a pesar de las trabas que nos pongan los medios de comunicación. Mi padre me enseñó  a leer el “Pueblo” y el “Informaciones” o a escuchar la “Pirenaica” y “Radio París” advirtiéndome de las limitaciones de unos y otros.

Es en estas pequeñas cosas de la vida donde se transmiten los verdaderos deseos de cambio y donde se disfruta de los amigos, de los proyectos, de los avances sociales, y donde se cogen fuerzas para luchar contra la adversidad, irracionalidad y barbarie que todavía, desgraciadamente, rigen los destino del mundo. Los jóvenes, a los que el capitalismo y liberalismo más salvaje condena a una situación de negras perspectivas, deberían ser los primeros en rebelarse contra toda esta barbarie y en convertirse en impulsores de proyectos por los que merezca la pena vivir. Y los más veteranos, al tiempo que gozamos de estas pequeñas cosas de la vida, debemos perseverar en la lucha contra un sistema cuya perversión no tiene límites, para que no doblegue a la ciencia y a la tecnología y la ponga a su servicio y no al de los ciudadanos que sufren los efectos de las crisis que él mismo provoca.



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