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LA PUERTA DE TANNHAUSER

Enemigos íntimos

6 de Febrero | 12:52
Enemigos íntimos
Hay un enemigo íntimo con el que tenemos que convivir diariamente. Es un contrincante listo y escurridizo que parece no ser una amenaza porque no se ve tan fácilmente, aunque sabemos que existe ya que sentimos su aliento sobre nuestras mejillas.

Este ladrón de guante blanco actúa solo, aunque a veces se hace fuerte también entre la multitud que lo vitorea como si fuera un ídolo de masas. Sus fechorías son prácticamente imperceptibles para nuestra propia razón, y es ahí donde reside su peligrosidad.

Aquel enigmático personaje sin rostro ni forma ostenta una fuerza sobrenatural causante de un dolor que duele de forma distinta. Algunos le llaman conciencia, otros simplemente ética o moral, hay quien incluso lo asocia con los prejuicios… Sea como sea, la realidad es que el guardián de “la buena conducta” descansa cándidamente bajo los cimientos de nuestros propios pensamientos, se oculta de nosotros mismos y solo se nos muestra de vez en cuando en forma de latigazos hirientes.

Es el hijo del paso de los tiempos, hermanastro mismo de las costumbres más conservadoras y heredero mayor del pensamiento religioso más recalcitrante. 

A pesar de todo ello, goza de un reconocimiento tal que incluso nosotros mismos acabamos sucumbiendo a su discurso grandilocuente; aceptamos su presencia como un mal menor que nos vigila desde la distancia, nos conduce y guía por la buena senda, actúa como la brújula que nos va marcando los pasos en esa travesía por el desierto que es el devenir de la vida. Nos sentimos protegidos y seguros bajo su dominio, y ello impide que establezcamos ningún debate sobre su idoneidad, simplemente porque ello no es posible, su papel es incontestable y de ahí que habite en nosotros desde que tenemos uso de razón.

Cualquier susurro suyo es suficiente para calmar nuestra propia y genuina sed, y sus enseñanzas se conocen como normas morales, dogmas que aceptamos implícitamente y acatamos sin rechistar. Nuestro intelecto está preparado para asumir ese marco en el que pintar el lienzo de los acontecimientos de nuestra propia vida: estamos predestinados a vivir tal y como otros dicen, y eso lo  vamos asumiendo poco a poco.  Percibimos el supuesto buen hacer buceando en nuestro entorno: es el aprendizaje por imitación, el más simple y genuino de todos, aunque a veces esto no es suficiente y el enemigo íntimo debe tirar de una legión de fervientes seguidores para hacernos llegar su mensaje. Hablo de “los profetas de lo auténtico”, aquellos que se encargan de hacer valer en cada uno de nosotros el cumplimiento de la palabra que se nos propugna desde el púlpito de la moral, y a no alejarnos lo más mínimo de las enseñanzas de lo correcto. Pero, ¿Correcto para quién? ¿Para con nosotros mismos o para aquel que nos mira de reojo y no quiere que seamos lo que él no quiere ser, o que aún queriendo, no es capaz  de serlo?

Qué gran error, sin duda alguna, es el intentar hacer valer en otros la supuesta verdad universal de los valores propios. Y no hablo de las verdades eternas como pudiera ser el derecho a la vida, las cuáles son ajenas a cualquier tipo de filtro historicista (las épocas, esas madres de la conducta…), sino de aquellas cuestiones mundanas que nos hacen ser y comportarnos de forma radical e incomprensible a ojos del mundo tradicional.

Este tipo de personas que actúan como jueces de la moral, acaban ajustando un discurso de homilía que bien recuerda al sermón de la montaña, es decir, mucho verbo construido en enseñanzas de catecismo caduco. Por su boca muere el pez, y ese pez excreta una ética sesgada y marcada por una cultura rancia que huele naftalina.

Así, con este ambiente tan singular, debemos subirnos al escenario de las representaciones diarias. Las presiones las recibiremos de un ferviente público dispuesto a aplaudirnos o abuchearnos según actuemos, y también una conciencia que reside dentro de nosotros mismos, que punza o acaricia el alma según vayamos dando nuestros propios pasos.

Compleja paradoja la que se nos presenta, pero es en ese escenario hostil donde debemos ser nosotros mismos. El éxito o el fracaso de nuestras propias representaciones deberemos medirlas mirando hacia el interior y no hacia el espacio de butacas, porque está claro que en esas tablas en donde mostramos nuestras obras es, a ojos del espectador, un teatro solo para locos, cuya entrada cuesta la Razón, como diría Herman Hesse.

No obstante, para ser justos, habría que añadir a todo esto las palabras del maestro Schopenhauer, quien afirmaba que un artista de lo sublime se comporta como un loco, ya que los dos lo que hacen es vivir en la búsqueda constante de las esencias… bendita locura pues esta de sentirse libre para tomar las propias decisiones.



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