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Opinión-Editorial

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1 de Febrero | 11:24
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Las reglas están para romperlas pero los refranes para cumplirlos. “Nunca digas de este agua no beberé”, no lo digas nunca porque ni tú mismo te conoces tanto. De la misma manera que se dice “Quién te ha visto y quién te ve”, o peor aún: “Quien me ha visto y quien me ve”; cuando pronuncias esa frase es que ya estás madurando de verdad. A las maduras, nunca mejor dicho.

La gente, por regla general, cree que tiene las cosas muy claras, pero no piensan en durante cuánto tiempo. Siempre se es fiel a unos principios, pero éstos cambian o simplemente se vuelven más laxos. Juventud y revolución. La convicción absoluta y radical de una idea suele ir ligada a la poca experiencia; aunque hay excepciones que rompen la regla. Mira: un refran -o casi- sobre reglas que se rompen. Esto se va poniendo interesante. “Juventud divino tesoro” y lo entiendo como una oda a la candidez más que una admiración, con tintes de envidia, a tiempos pasados.

No deja de ser una broma de la vida la cabezonería con la que afrontamos algunas situaciones. Nadie puede estar seguro de nada nunca. Esos son unas cuantas negaciones, pero son necesarias. “Al seguro lo mataron”, gran dicho popular. Qué palabra más incorrecta: “seguro”, como todas las afirmaciones categóricas o las negaciones rotundas.

Esto todavía no está tomando forma y quizás sea algo confuso. No hablo de refranes ni de dichos; tampoco de juventud ni principios; y mucho menos de definiciones y semántica. Hablo de la absoluta convicción que tiene mucha gente sobre cosas determinadas. No me pararé a hablar de religión ni de preceptos espirituales, sólo de cosas, en general. Que este texto sirva de plantilla para las leyes internas de cada uno.

No pretendo hacer de gurú ni de guía, sólo pretendo transmitir mi filosofía. A mí no me la ha enseñado nadie, quizás la escuché en alguna canción -fue así-: me enseñaron a dudar, no alguien ni algo, las circunstancias -todo y todos- me enseñaron y yo lo aprendí. Y no a desconfiar, a dudar, a hacer el ejercicio psicológico de plantearte preguntas sobre lo que sea. A erigir posibilidades por muy remotas que parezcan. Es un ejercicio increíble para la imaginación.

“No se puede negar lo evidente”. No se puede negar que el mago ha adivinado la carta en la que yo estaba pensando, ¿dónde está el truco? ¿Dónde está el truco de la vida? ¿Dónde está el truco de lo que me rodea? Todo tiene truco y elementos que no son perceptibles en su totalidad, por eso siempre hay que dejar un margen de maniobra a lo inexplicable. La ciencia te explica algunas cosas y la religión otras. Todas las disciplinas creen poseer la verdad y obtener pruebas de sus conclusiones mediante su método, pero todas están en lo cierto y todas están equivocadas. Que algo se demuestre empíricamente no significa que sea verdad, es verdad en ese preciso instante, porque se ha tomado como verdad según unas leyes y unos cálculos que hemos inventado los hombres: hilarante.

No hay nada más arrogante que creer tener razón, y la raza humana es la arrogancia en su grado máximo. ¿Por qué necesitamos tener razón y negar o afirmar? ¿Por qué necesitamos poseer la verdad? La arrogancia es la respuesta. O no, pensemos que quizás sean los rayos solares sólo cuando se mezclan con viento del norte. ¿Por qué no? Sólo somos hombres, no tenemos todas las respuestas.

Es hora de asumir que somos insignificantes, y que los misterios del Universo son tantos y tan grandes, que no están hechos para que unos monos aventajados los comprendan. O los descendientes de unos pecadores del Edén. O los experimentos fallidos de unos extraterrestres. O las reencarnaciones de una ameba. O los productos de la imaginación de un lector de una realidad paralela. Las verdades son tantas y tan diferentes, que no se pueden negar ni afirmar, sólo imaginar.



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