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Opinión-Editorial
SIN PROPÓSITO DE ENMIENDA

Muros en ese punto azul pálido

26 de Enero | 12:13
Muros en ese punto azul pálido
El 14 de febrero de 1990, la sonda Voyager 1 envió una fotografía de la Tierra, tomada a 6.000 millones de kilómetros. Un punto azul pálido suspendido en un rayo de luz, dijo, conmocionado, Carl Sagan al mostrarla al mundo.

Sagan no entendía que en la Tierra los hombres se mataran los unos a los otros por poseer un pixel diminuto de aquel punto en el firmamento. La Tierra, desde el espacio, se nos muestra tan frágil. Nuestro único hogar en millones de millones de millones de kilómetros. El humanismo de Carl Sagan le llevaba a desear una sociedad unida, cooperante y pacífica.

Pero su sueño de Sagan lejos de cumplirse. Cuando lo formulaba en 1990 aún coleaban los efectos de la Guerra Fría y las naciones avanzaban muy lentamente en la senda del desarme nuclear. Sagan perteneció a esa generación de intelectuales que, encabezados por Bertrand Russell y Albert Einstein, hicieron del movimiento contra las armas nucleares y el pacifismo a ultranza su razón política de ser.

27 años después de aquella prodigiosa foto, hay más muros que nunca, más guerra y más desigualdad económica. Más muros que durante los largos años de la Guerra Fría que enfrentó a una parte del planeta contra la otra. Se han levantado muros en Palestina por Israel para cercar a su población, como los nazis hicieron con los judíos, antes de conducirlos como ganado para el matadero en los Campos de Concentración del Reich; en el Sahara por Marruecos para confinar a un pueblo libre; en Ceuta y Melilla por España para detener a los hombres y mujeres que, desesperados, buscan dignidad y vida; en la frontera con Siria por Turquía para condenar a muerte a quienes huyen de la bombas; en Múnich por las autoridades alemanas para convertir un albergue de refugiados en un nuevo ghetto; y para frenar el mayor éxodo humano desde la II Guerra Mundial, también se levantan entre Grecia y Turquía, Bulgaria y Turquía, en Hungría e incluso en Calais, entre Francia e Inglaterra. La isla, Gran Bretaña, aunque sea simbólico, ya ha levantado su nuevo muro de aislamiento frente a Europa.

Estamos cercados. Una humanidad fragmentada y encerrada. Igual que las ciudades y castillos amurallados se diseminaban por el mundo durante el Medievo y buena parte de la Modernidad, hoy el espacio está jalonado de naciones enclaustradas.

El siguiente muro que va a levantarse es en EEUU en su frontera con México. Ya existe una valla levantada por los demócratas y que el tan ponderado y tan admirado Obama mantuvo intacta. Ahora, esa valla se convertirá en piedras y hormigón por orden de un Presidente con delirios narcisistas y cesaristas. El nuevo Emperador sorprende al mundo por sus destempladas declaraciones, pero debemos admitir que, por el momento, no aporta ninguna novedad: lo que hace lo han hecho otros, tal vez con mayor discreción. Lo han hecho otros... Mejor, lo venimos haciendo.

Demasiados muros.

¡Qué desoladora es nuestra historia como pueblo, como humanidad, como especie animal! Cuanta infamia, y dolor, y crimen por un terruño de pixel de un pálido, pequeño y desamparado punto azul en la inmensidad del Cosmos.

Como civilización tal vez estemos terminando de levantar los cimientos de nuestra propia autodestrucción. Ensuciamos nuestro Planeta y agotamos sus recursos; nos matamos entre nosotros y matamos de hambre a millones de personas. Y situamos en el gobierno a locos como Trump, a indolentes como Rajoy o a hipócritas como Hollande.

Esa es nuestra historia. Triste.


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