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El Belén

15 de Diciembre | 12:13
El Belén
Por fin llego el día que Pablo había estado esperando, se levantó temprano y desayuno rápido. Sin más demora empezó con el montaje del belén, que tanto les costó encontrar, a su abuelo y a él. Recordaba perfectamente ese momento.Era una mañana fría, con niebla, la plaza estaba cuajada de puestos con pastorcillos, vírgenes, reyes magos, etcétera, pero ninguna conseguía atraer la atención de ambos. El tedio y el cansancio se apoderaban ya de ellos. Mientras su abuelo se quedó a hablar con un amigo, una dulce voz llamó a Pablo. Era el típico señor mayor, con su corriente vestimenta de negro, el sombrero como insignia en la cabeza y las arrugas repartidas por todo el cuerpo.

− ¿Te gusta lo que ves guapo? − le preguntó a un emocionado Pablo.

− ¡Sííí me encanta!− soltó dando grititos de alegría.

− Es un belén muy especial. Podría pertenecer a muchos, pero solamente son dignos de él unos pocos. Como bien puedes observar, sus figuras aparentan tener vida propia. Tienen muchos años, aunque a ti te parezcan nuevas. Hay que ser muy cuidadoso cuando las toques. Te tendrás que poner guantes para que no pierdan la magia que las hace ser auténticas. Será tuyo gratis con una condición: Al día siguiente de que armes tu portalito, debes empezar tu propia colección, yo mismo vendré a recogerla. Me gusta guardar un recuerdo de mis clientes. ¿Entonces qué querido, te lo llevas?

− De acuerdo señor- se apresuró a contestarle.

Llamó a su abuelo para que le ayudara a cargar las cajas. Le echó una pequeña mentirijilla, contándole que el anciano lo vendía muy rebajado y que con su paga tuvo bastante. No deseaba, por nada del mundo, tenerlo que devolver si le contaba que en realidad, aquella joya era gratis.

Y allí estaba él, con sus guantes puestos, montando el magnífico belén. Feliz como nunca, contento como siempre.

Entonces, aquel espíritu maligno puso en marcha su plan. Ya nada volvería a ser igual, en la vida de nuestro protagonista…

Llego el día tan esperado para los progenitores de Pablo, la cena de nochebuena. Era una ocasión muy especial. Venían sus padres, hermanos, tíos, una larga lista de personas felices y dispuestas a compartir una noche mágica al lado de sus seres queridos. Se reunieron todos a las diez, en torno a la mesa, puntuales como cada año. No sin antes, uno por uno, admirar el belén que con tanto esmero había decorado aquel chavalín tan pequeño. Fue una velada que jamás olvidarían.

A la mañana siguiente la casa estaba tranquila, reinaba el silencio. Entonces, el chico comenzó su encargo: construir sus propios integrantes de portal navideño. Tenían que ser semejantes a las suyas, es decir, parecer reales y vivientes.
Primero les tomó las medidas y asignó los papeles. Una vez hecho esto, les construyó la ropa, el cuerpo, los ojos, el pelo. Estuvo días y días trabajando, hasta que por fin quedó satisfecho, con la labor realizada. Se encontraba tan cansado, que cayó profundamente dormido.

Llegó el día tan deseado del ente malvado. Por fin pudo salir de su escondite, los sueños de Pablo. Llevaba allí desde el mismo momento en que éste monto el ansiado portalito. Cada noche le iba dando las instrucciones de cómo tenía que realizar el suyo. Entre susurros espeluznantes le decía:

− Levántate temprano, el día de Navidad estarán todos muertos por un veneno llamado Ricina. Lo puse en todas y cada una de las figuritas que tus familiares tocaran cuando se las enseñes. Lo tendrán en su epidermis y de ahí pasara a lo que ingieran. No te levantes, oigas lo que oigas, será un óbito cruel y lleno de sufrimiento. Cuando no escuches ruido será la hora señalada. En primer lugar, ponte los guantes, después reparte los papeles. Tus padres: el nacimiento, tus abuelos: los Reyes Magos, tus tíos y tías, junto con tus primas y primos: los pastores con sus retoños. Ya sabes cómo debes hacerlo. Coge sus ropas para vestirlos, su piel, para formar su silueta, sus ojos, para darles más vida, el pelo, para recubrir sus cabezas. No pares, hasta que acabes la tarea. Al finalizar, quítate los guantes, guarda las antiguas figuritas. Ve al descansar, yo iré a tu encuentro.

Con las primeras luces del alba, un señor mayor se adentró en la casa. Llevaba su corriente vestimenta de negro. El sombrero como insignia en la cabeza y las arrugas, repartidas por todo el cuerpo. Miró el belén que Pablo había construido, el que le mandó hacer en sus sueños. Fue a su cuarto, cogió sus restos fríos e inertes. Faltaba la escultura más importante, el protagonista supremo. Elaboró con la piel, los ojos, el pelo, a un niño Jesús, igual al chico, al que le había dado muerte. Recogió las estatuillas antiguas y las nuevas. Las primeras, irían a una habitación oscura y negra, para que las almas encerradas en ellas sufrieran por siempre. Las segundas, serían el siguiente señuelo, para la próxima familia adinerada.

Y de esta forma, años tras año, una venganza de mil épocas se iba cumpliendo. El ser maligno que en vida fue un niño, se disfrazaba siempre de anciano. Su objetivo era finalizar con todos los ricos que le recordaban que siendo él muy pobre, nunca le dejaron disfrutar de su ansiado belén de navidad.
Relato publicado en mi libro “Los sueños de la tinta mágica”


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