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Opinión-Editorial

'De civilitate pacensis'

23 de Noviembre | 11:06
'De civilitate pacensis'
Aguardando a la entrega de entradas gratuitas para deleitarnos con la Zarzuela majestuosa “La del manojo de rosas”, ocurrió un episodio inesperado, una vuelta atrás, un ácido racconto de los sangrientos acontecimientos acaecidos por la conflagración que, como en una explosión de regüeldos garbanceros y de guisos sin comino, hicieron saltar repentinamente ríos de sangre y agujeros en estómagos de luchadores que se escondían bajo los bancos de las plazas a la espera de defenderse del enemigo con una pistola justo antes de apretar el gatillo… Y el resto ya lo saben y por lo tanto no continúo para no estar aquí como Pérez Reverte… El ser humano toma aperitivos de recuerdos, pero el ser pacense prácticamente come de ellos: las esquinas son féretros abiertos donde enterraron individuos sus juegos de antaño, un local que se traspasa o se alquila es la huida de un vagón del tren de la historia urbanita, o la muerte de un pedigüeño es la eliminación de una pequeña flor marchita de los múltiples parterres resecos de los jardines abandonados, como el de la Legión, una pena… Badajoz tiene flores bellas, ramilletes de magnolias, jazmines esporádicos y geranios en flor de los balcones que expelen aromas a café recién hecho, de los pocos balcones que quedan de los que no salgan porros y otros nauseabundos hedores; así como rosas que si bien no se recita con el tallo entre dientes para seducir a una dama (eso ya no se lleva, o le cantas un reguetón a la choni de turno, o te dice “maricón perdío”), bien se coloca en una jarrita de agua para adornar la salita de estar al menos dos días o bien se canta con ella, perteneciente a un manojo de floristería atendida por una jovencita pretendida por varones, cosa ocurrida en la citada Zarzuela. A la espera de ese baúl como caja musical, de ese olor a naftalina que se desprende de los armarios al sacar de ellos la ropa miles de años guardada, frenamos al enemigo montado en bicicleta. Una cola paciente para recoger las entradas, cuya cabeza se implantó en la taquilla del López y su extremo final se dejó caer por el kiosco de San Francisco, téngase en cuenta que muchos de nosotros vestíamos abrigos acolchados, pero otros venían de judo, karate, fútbol, del gimnasio de Juan Pereda Pila practicando boxeo… la ocasión no pudo ser más oportuna. Al grito de “¡Jony, que nos empotramos!”, nos preparamos. Una hilera de crestas de gallo con tintes amarillentos, colorante de paella; matices rojizos como si una pincelada bohemia de pintura hubiera paseado por sus cabellos, piercings, y pantalones rajados por las rodillas mientras se quejaban del frío de la tarde, llegó montados en bici… A toda marcha. Frenaron, dieron vueltas como hienas que pretendían zamparse un ñu cazado. Uno sacó un pito (un silbato, no se asusten, hacía demasiado frío para sacar ciertas cosas), dio una pitada, nos hizo una peineta y rebuznó. Los otros se dedicaron a hacer amagos con la bicicleta, como para asustarnos de tal manera que nos retiráramos. Pero no. Somos muy de aquí, de Badajoz, y llevábamos demasiado tiempo haciendo cola para una entrada como para quitarnos, dejar que pasen los niñatos educados, y encima, se nos cuelen… ¡No! Unos enfrentamientos que rozaban la agresión hicieron que los más mayores, primero, y los más jóvenes después, gritáramos el mítico: “¡No pasarán!”. Y de golpe y porrazo un fogonazo de Historia se presentó en nuestras mentes, alguien, con un altavoz comprado en “Electrocash” puso el himno de nuestra vociferación, un “No pasarán” se fraguó creando una nube densa de resistencia que acobardó al regimiento “cani”. Otro, apunto de dispararle con un tomo del Quijote, cantó: “¡Venga, jaleo, jaleo, suena la Zarzuela y los canis se van a paseo!”. No sé qué virus pudiera tener tal proclama, a mí me pareció preciosa, que hizo a los de las bicicletas retroceder despavoridos. Uno declaró a los padres haber sido agredido con un ladrillo en cuyo dorso había unas letras pintadas… Me da a mí que nunca ha visto un Quijote en su vida.

¿Quién se apunta a la resistencia? Sobre todo a la estética, y dejar de ver esos pájaros de corral pululando por las calles y manchándolas de ignorancia. ¿Qué pensaban? ¿Que nos iban a dejar sin Zarzuela? Si saben lo que es, por supuesto. Me da que a la hora de colocarse esos pendientes practicaron con ellos alguna momificación extrayéndoles el cerebro por las fosas nasales… Tenemos muchos lugares para ser transitados apaciblemente sin sobresaltarnos con “Albertos Contadores” a doscientos por ahora que aparecen como de la nada por las esquinas…

(Y no, no se me ha ido la olla. Solo soy un paseador incansable. Y por supuesto que he puesto un título de Erasmo de Rotterdam. Y sí, me he basado en la Guerra Civil. Y sí, he cantado una canción republicana. ¿Algún problema?).



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