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Opinión-Editorial
SIN PROPÓSITO DE ENMIENDA

Rajoy, de entrada no

2 de Noviembre | 13:06
Rajoy, de entrada no
Durante estos días, consumada la abstención del Partido Socialista a favor del candidato del Partido Popular en el Congreso de los Diputados, el ínclito Mariano Rajoy, se han realizado comparaciones entre la decisión del PSOE de pasar del “No a la OTANal sí en 1982 y la actual de otorgar por pasiva el gobierno al PP. Ciertamente en ambos casos hay un evidente incumplimiento de la palabra dada a los electores, pero con una notable diferencia:

En 1982 el partido de Felipe González ganaba las elecciones por mayoría absoluta con, entre otros mensajes de calado, sacar a España de la OTAN, decisión que había adoptado el anterior gobierno de Calvo Sotelo. “OTAN de entrada No” fue uno de los lemas de campaña más imaginativos. Pero ya en el gobierno, el joven líder andaluz decidió mantenernos como país en la estructura militar creada por EEUU en el marco de la guerra fría aunque sometiendo a referéndum esa decisión. Ganó el sí por los pelos.

En 2016 el PSOE se presentaba a las segundas elecciones tras el fracaso de la legislatura abierta en diciembre de 2015 con un mensaje claro, nítido, contundente y que no admitía ambigüedades: ni por activa ni por pasiva daremos el gobierno a Rajoy ni a ningún otro candidato del PP. Las puertas se cerraban, incluso, a negociar otro posible nombre procedente de la derecha en caso de que ésta fuese la opción más votada. No es no, se repitió insistentemente, especialmente por el portavoz Hernando, a quien el sábado escuchamos explicar que “no es abstención”. Incluso el PSOE apelaba al voto útil porque sólo otorgando la confianza a los socialistas se podía evitar un gobierno de Rajoy.

Tras las elecciones de diciembre y con todas las encuestas augurando que la composición del Congreso en junio sería muy similar a la legislatura fallida, uno hubiera esperado que los respectivos candidatos hubieran jugado a la ambigüedad, al sí pero no, a la respuesta evasiva ante la pregunta ¿y usted qué hará en la investidura? Pero antes al contrario, las posiciones se marcaron con contundencia: Rivera jamás, jamás, jamás pactaría con el PP si Rajoy era el candidato y el PSOE votaría “no es no” si Rajoy optaba a la reelección.

Y llegó el sábado 29 de octubre y entonces tenemos un grave problema de credibilidad:

¿Cómo pueden fiarse los electores de sus representantes cuando éstos varían el sentido de su voto ante decisiones trascendentes? La solemnidad de la promesa hecha trizas. Si entendemos un programa electoral como un contrato que se firma entre un representante y un representado, buena parte de los cinco millones de electores socialistas bien pueden reclamar en los tribunales el incumplimiento flagrante de las condiciones del contrato por la otra parte, porque cuando acudimos a las urnas hace unos meses las posturas sobre la Investidura no dejaban lugar a dudas, especialmente en una tema que fue recurrente una y otra vez en debates, tertulias y mítines.

Un importante dirigente del Partido Popular decía – al calor de las últimas declaraciones sobre los Presupuestos de 2017 – que era conveniente, vista la situación, no dejarse atrapar por la rotundidad de las palabras. En parte le doy la razón: el Partido Socialista ha adoptado una decisión legítima, pero insostenible éticamente. Y no tanto por abstenerse para que gobierne la lista más votada (que en todo caso no comparto) sino por el quebranto de una palabra dada durante la campaña electoral que no admitía posibilidad de dudas.

El problema de la decisión del PSOE es que desbloquea la situación pero contribuye a dañar al ya de por sí dañado edificio de la confianza de los ciudadanos en sus instituciones y partidos políticos.

Y no se puede alegar “un contexto sobrevenido”. Que en el Congreso de los Diputados se iba a reproducir la fragmentación electoral de diciembre de 2015 se anunciaba. Que el Partido Popular iba a necesitar de la abstención de Ciudadanos y del PSOE se sabía. Que el PSOE iba a tener que optar entre intentar liderar un gobierno alternativo con el voto pasivo de los partidos nacionalistas u otorgar un margen a Mariano Rajoy también formaba parte de las previsiones. Ante ese escenario los candidatos a diputados y el candidato socialista al gobierno podrían haber jugado con la oratoria, con el despiste, con las mil posibilidades que te ofrece el manejo de la lengua castellana para no cerrarte el campo de acción. No fue así. Dijeron no. Nunca. Jamás. En modo alguno. Ni borrachos...

En 1982 el PSOE incumplió su palabra pero sometió a referéndum la decisión. Y estaba en el gobierno. En 2016 incumplen un mandato programático, sin participación ni siquiera de sus militantes y, lo que incorpora una novedad considerable, aún estando en la oposición.

Y es que ya no hace falta gobernar para dejar en la cuneta el programa electoral.


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