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Opinión-Editorial

Leyendas perdidas

26 de Octubre | 12:43
Leyendas perdidas
Una persiana bajada por completo, impidiendo que por sus rendijas pase cualquier haz de luz, es un aislamiento casi perfecto contra el transcurso de las horas si de algún modo se necesita. Yo lo necesito. Lo necesitaba. No sé si algún día lo necesitaré de nuevo, porque necesariamente debía hacerlo para desentrañar algo que al final… no se ha desentrañado. Es una leyenda pluvial, tras meses secos y verano árido, de tres señoras viudas y recatadas, locas que se vuelven al primer contacto de una lluvia que nace en otoño. (Equinoccio indispensable para extraer esta leyenda perdida). Cuando perdemos algo en el presente, con tal de preguntar por su origen, podemos llegar a la respuesta final. Pero algo perdido en el pasado es más difícil, debido a que, como sabrán, el pasado pasa, y en el pasado hay gente, y la gente, como las manecillas del reloj, pasa, pasamos, nos movemos, y vamos dejando atrás el lugar de nuestro origen. Y como iba diciendo, que ya no sé ni lo que decía porque el tiempo pasa, y al escribir también, aunque se haga trampa, no sé si lo sabrán, y si las cosas cambian su posición en el espacio-tiempo, no puedo saber en dónde me había quedado, a no ser que desplace verticalmente la vista hacia arriba y me sitúe en donde pretendo… ya. Lo del pasado y tal. Lo que se pierde, se perdió, y si para colmo han transcurrido años, muchísimo peor. Hete aquí la causa de la agitación que hizo olvidarme del tiempo y de la luz, y provocó una noche prolija con flexo como luna, y calor seco como verano pacense a causa de una puerta cerrada a cal y canto, y trastornos de soledad y charla introspectiva como postrero en cama rodeado de blancura, de la misma manera que en “Diario de un loco”. O sea que, imagínense mi situación por un monótono triduo. A las tres de la tarde de un día en que finalizaba la jornada rutinaria de despertador, café, clase, cachondeo, estudio, paseo, café, cachondeo, risa, lectura, etcétera, lo que hay en una jornada, hallé entre unos contenedores unas voces lejanas juglarescas, con miles de vihuelas de fondo y un quinteto de bandurrias y más cacharros pulsados y percutidos, porque también había una pianola. Y venían a decir algo así, intento ser lo más fidedigno posible a sus proclamas: “Corría el bisiesto, con dos siestas dormidas, matados y muertos los maridos, con descanso siniestro. Tres gotas negras, bastardas del rocío, cayeron de un sándalo al suelo frío. Eran arrugadas y cetrinas, vampiresas y sucias, con hambres caninas, que devoraban lo visto en las calles, y dejaban sin pasto los valles. Tres meses secos llegaron a Badajoz, riachuelo por Guadiana, mustios tallos, saunas sin albornoz, por fin en el otoño lluvia llovió. Mojáronse los vestidos de satén, las calizas arenas de los caminos, discurrieron lágrimas por secas mejillas, y azahares nacieron de mandarinos”. Esta es la introducción cantada entre contenedores, y la leyenda cuenta que eran tres mujeres enlutadas por el peso de la viudedad, que tras meses sin ver llover, se dejaron llegar hasta Montesinos, la calle del Ingeniero y Político, en Badajoz, cuna de únicos y únicas en el mundo; para quedarse en el medio, retirados previamente los velos, y contemplar lo que caía del cielo. UNA y DOS, con alpargatas, la TRES con mocasines. Tres hermanas que eran, dicen que a las Brontë se parecían, pero en realidad eran viejas resecas sin aseo y sedientas. Sus acciones ante la lluvia fueron muy diferentes: UNA, tras desprenderse del velo, dejó correr su maquillaje de señora con duelo permanente, y una vez eliminado su rostro de Bernarda Alba, se vio como una sexagenaria aparente y dispuesta para las artes del flirteo; la DOS se puso a llorar con gran berrido para que las lágrimas se confundieran con las gotas de lluvia; y la TRES sacó de entre su picardías (negro, por supuesto) oculto por el faldón lúgubre, una pequeña maceta, cactus se cuenta, que alzó para que recibiera la primera lluvia de otoño. (Los nombres de los personajes son árabes, y entre tanto filarmónico acompañamiento, no me quedé con ellos, y citarlas con números ordinales las colocarían en puestos de relevancia que no pretendo. Cada una es importante a su manera, la primera, segunda y tercera). Esa es la leyenda, mi torpeza intelectual y mi angosta interpretación de los textos, me impiden esclarecer su trasfondo. Por eso os lo cuento. Ni sé de su autoría. Un basurero me dijo que es de un tal Ramón J. Sender; su esposa, Luis Landero; un carnicero jubilado asegura que pertenece a Kjell Askildsen, noruego enajenado y muy ido, palabras textuales; y un toxicómano que buscaba guifas y desechos, aseguró que pertenece al pueblo, que de la mollera anda peor. Acepto sugerencias a mi cuenta de correo, buzón y teléfono móvil, si hay alguien que conozca al hacedor de tan inútil y sinsentido argumento. Gracias. (Y recuerden que este domingo se cambia la hora).



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