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Opinión-Editorial

Reflexiones

14 de Septiembre | 12:03
Reflexiones
Es una honorífica tarea la de poder escribir la opinión (cosa de uno, cosa necesaria) en un diario como es “El correo Extremadura”, y como mi intención es la de colaborar en más ocasiones con esta digital divulgación, me gustaría empezar con buen pie.

Me gustaría plantear una reflexión que me inquieta desde inicios de verano y exponerla en este medio, a falta de twitter y nimiedades semejantes con apologías de la “Tontuna” imperante en cabezas vacías o medio llenas, con rimas, versos y alusiones obscenas, profanas y prosaicas a clásicos y eminencias indelebles, y qué decir de los que escriben de cualquier asunto y la manera con que lo hacen…

Para ponerse una venda en los ojos y no leer. Quede claro que un servidor no es el mejor en las artes de la pluma ni pretende dar lecciones ni denostar a otros, pero quede también claro y quepa en la reflexión, que a pesar de mi edad temprana y de mis nebulosas cerebrales, preciso del papel como medio de planteamiento, y de medios como el antedicho diario informativo para su debida exposición.

Y sin andarme por las ramas (defecto mío), ¿cuál es la reflexión? Esta es sobre nosotros, nuestro interior, y un defecto intrínseco de la raza: no prolongar nuestra posición en el éxito. No voy a ir por senderos psicológicos, técnicos ni científicos, primero porque no entiendo y segundo porque podrían crucificarme por erróneos datos; así que voy a lo que se me da bien: los ejemplos cotidianos, uno verídico acontecido en julio de este año. Tapeaba con un amigo del alma que paraba por la ciudad antes de su ida a playas malagueñas.

Llegué diez minutos tarde por culpa del semáforo de Correos para la Avenida de Huelva que dura más que los anuncios de Antena 3, y cuyo cruce en verde solo es apto para corredores de maratones. Al sentarme con él, posé mi mirada en un precioso Mercedes Benz aparcado a mi lado, recién sacado del concesionario y de pomposa carrocería. Hice una breve alusión a su belleza y mi amigo comenzó a despotricar contra esta casa y contra sus clientes. “Estos individuos arrogantes, que los compran para chulearse por las carreteras, que no tienen problemas en la vida…”

La idea de que el dueño pudiera estar a nuestro lado tapeando como nosotros se implantó en mi mente y me agité, mandándole a callar. Pero él erre que erre con las envidiosas exclamaciones y con sus argumentos algo estúpidos. “Menudo energúmeno debe ser el dueño, fíjate qué bien cuidadito lo tiene, encerado y lustroso, como si no tuviera más complicaciones en su vida”. La charla siguió cuando, debido al calor, le pedí que me acercara en coche a mi casa. Me dispuse a cruzar la acera en busca de su carro, cuando no di crédito a lo que sucedía: mi amigo sacaba las llaves y se aproximó demasiado al “Mercedes”. Temí lo peor: que lo rayara con la llave, que le pegara una patada, que descargara su furia contra su puerta… Pero no, apretó un botón, los faros se iluminaron y me invitó a entrar.

Permanecí todo el camino en silencio acechándome esta reflexión: ¿el ser humano es demasiado tonto o demasiado incrédulo con sus propios éxitos? ¿Tuvo un desliz mental mi amigo? ¿O es que una vida entera con un coche de segunda mano que apenas se movía había conseguido ennegrecer su optimismo, de manera que el hecho de conseguir uno mejor no cabía en su cabeza? Más bien esto segundo. Y aquí no voy a argumentar nada, ni a responder.

Dejo que cada uno piense en su casa sobre sus vidas y sus logros. ¿Nos los merecemos? ¿Los logros de los demás que tanto nos chirrían, al conseguir nosotros los mismos, persiste ese chirrido o se esfuma? ¿Y qué me dicen del que caso de una crítica hacia nuestros propios logros? No sé si habrá hecho mella este episodio que jamás olvidaré, mi intención era buena, la de trasladarlo a nuestras vidas, llámese Mercedes, llámese un puesto de trabajo indignante, llámese un individuo que antes odiáramos y de pronto conquista nuestro corazón… Mi conclusión: lo que destiló en mí es que quizá hablemos muchas veces de más, y lo hablado de más, se vuelve contra nosotros como mordaza sobre nuestras bocas agitadillas…

 



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