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Opinión-Editorial
LA PUERTA DE TANNHÄUSER

El ocaso del lobo burgués

25 de Agosto | 11:41
El ocaso del lobo burgués
Sostiene Hermann Hesse en su “Lobo estepario” que el Ser humano es un accidente provocado por un choque frontal entre dos trenes que van a su encuentro de manera irremediable.

Esta metáfora no es suya, todo hay que decirlo, aunque la idea creo que se acerca bastante a lo que quiere expresar el autor germano-suizo en la citada obra, o al menos, eso es lo que yo interpreto.

Para Hesse, la primera de estas máquinas  transporta como pasajeros a todos los rasgos que sirven para definir la “espiritualidad” humana, concepto abstracto bajo el que residen el conjunto de valores que nos permiten subsistir entre nuestros iguales (“socializarnos”), y que nos dotan de un comportamiento rico en jovialidad, sapiencia, quietud y un radiante optimismo, el típico comportamiento “burgués” a ojos del autor.

El otro va repleto de sentimientos que atentan contra toda esa armonía de “la manada” y que rodean a la individualidad misma; ahí es donde emplea la figura alegórica de su lobo estepario, el animal salvaje y solitario gobernado por los instintos, y que en su estepa, logra sobrevivir más allá de lo razonable a ojos de los valores morales que residen en nosotros, aquellos que fluyen generación tras generación sobre la gran cadena cultural que nos unen a nuestro pasado, y que también nos ancla a un futuro en cierta manera también previsible.

Todos los seres humanos durante nuestras vidas sufrimos en nuestro interior el impacto de las dos locomotoras que transportan las dos partes opuestas de las que estamos hechos. El resultado del siniestro dependerá de la naturaleza de cada individuo; en algunos casos, “los supervivientes” mayoritarios que nos acompañen por nuestra vida serán los del tren de la espiritualidad, en otros habrá un cierto equilibrio, y finalmente, también habrá personas que tras el choque queden con muchos más rasgos procedentes de los vagones del “mundo estepario”.

El caso más común que nos encontramos en nuestro “acervo universal” es el intermedio; la gran mayoría de las personas estamos repletos de sentimientos lupinos pero también de rasgos espirituales en una proporción equitativa. Así encontramos en el calor de “la burguesía” un lugar seguro en el que construir nuestra guarida, tan alejada como cercana de nuestros iguales.

Por el contrario, en los dos extremos existen también aunque en menor número aquellos seres humanos que podrían catalogarse como “inadaptados” en el escenario del gran teatro de la vida.

Los más espirituales son  personas que fijan el centro de su esfera existencial a su extremo más jovial, el que rezuma esa consabida espiritualidad por todos sus poros. Son individuos entregados al disfrute de las cuestiones mundanas, prescindiendo de todo lo demás, y que por lo tanto, no miran hacia el interior del abismo de cada uno en la búsqueda de la felicidad, que es precisamente el mayor de los alicientes de los lobos esteparios.

Precisamente, estos últimos son individuos entregados al culto propio, y desatienden cualquier cuestión que les incite a compartir sus experiencias salvo aquellas que están pensadas para el disfrute individual incluso en el medio de la colectividad (la música y el arte, por ejemplo).

Hesse era un lobo estepario, y realmente su novela, fue un libro escrito para si mismo y para nadie en concreto, o mejor dicho, no para cualquiera como el autor se atreve a presentarla en una de sus partes, porque aún asumiendo que esa manera de ser no era una generalidad en el mundo que le tocó vivir (que es el nuestro también), sí que había (y hay) muchos lobos esteparios por todos los rincones del universo, verdaderos supervivientes en un ambiente tan hostil como el de la vida “esteparia”, que seguro saben identificar sus propios dilemas existenciales en el texto que nos regala el brillante escritor germano-suizo.

Los miembros de esta rara especie consiguen subsistir gracias a una virtud a la que el autor otorga un valor superlativo, el humorismo, la llave que abre la puerta del mundo burgués al lobo estepario. Gracias a esa chispa virtuosa, el lobo consigue sobrellevar la existencia  en un lugar que no está hecho para él, auque la propia consciencia de esto mismo, le hace nadar siempre en un mar de infelicidad muy peligroso que puede arrastrarlo hacia el mismo abismo del suicido.

H.H, es decir, Hermann Hesse o su alter ego en la novela, Harry Haller, se encuentra en el ocaso de su vida precisamente por haber llegado al precipicio que conduce directamente a ese destino fatal, aunque justo en el momento en el que se dispone a saltar al vacío, se encuentra de bruces con el último tren procedente del centro mismo de la espiritualidad, Armanda, un arrebato de sensualidad que destroza todos los esquemas preconcebidos por el viejo lobo estepario.

Gracias a ella, Harry sucumbe a los encantos del deseo, y no duda en subirse al vagón de las cuestiones mundanas, un universo nuevo para él; las experiencias dionisíacas que le ofrece la mujer a nuestro lobo estepario sirven para amansarlo en cierta manera, y le alzan hasta alcanzar un  grado de felicidad desconocido hasta el momento por él; ya no es solo la música y la lectura la que le proporcionarán la fuerza que necesita para vivir, ahora incluso practicará el baile, o las relaciones libertinas en las que también se incluyen a María y a Pablo el saxofonista (otros dos personajes claves de la novela), algo impensable para un individuo de su condición erudita y superior.

Armanda lo acerca a un mundo superficial que le acaba fascinando, una frondosa pradera en donde el lobo es capaz de vivir alegremente aún poseyendo unos fuertes instintos pero que ha de saber controlar. Precisamente, en uno de esos arrebatos lupinos que yacen ocultos en su interior y promovido por los celos, acaba con la vida de aquella que le ha mostrado otro universo de posibilidades; la mata porque la desea sólo para él, no entiende que tenga que compartirla con alguien más, mostrando así un instinto animal que le lleva a cometer tal atrocidad. El lobo estepario atacará así por última vez en la historia de Hesse, que acabará de esta forma tan brusca.

Realmente este hecho no es más que una metáfora  del gran enigma de la existencia. Todos los que disfrutamos de este privilegio de estar vivos, en algún momento nos veremos obligados a despertar a nuestro lobo estepario, sobre todo aquellos que viven alejados de esa criatura. El animal despiadado vendrá al reclamo de nuestra llamada con la intención de quedarse con nosotros si es menester, aunque tenga que aprender a ESTAR sin llegar a SER algo que detesta. Por el contrario, si tras recorrer todo el camino hasta nuestro encuentro no le place lo que observar sus sanguinarios ojos, es probable que prefiera volver a su guarida solitaria de donde nunca debió salir.

Jamás me he sentido tan identificado con una novela como con “El lobo estepario” de H.H.        



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