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Opinión-Editorial

¿Y las letras en extremeño, quién las cuida?

7 de Junio | 13:06
¿Y las letras en extremeño, quién las cuida?
En Extremadura tenemos una riqueza lingüística envidiable. Sin embargo, la mayoría no es consciente de ello. En los pueblos que lindan con Portugal se oye portugués rayano, en el Valle de Jálima otra lengua del tronco galaico-portugués, la “fala”, y en toda la región conviven el castellano, lengua considerada moderna y propia de la gente culturizada, con el extremeño, modalidad lingüística, dialecto, lengua, habla, o como se la quiera llamar, que queda relegada, sobre todo, a la gente mayor de los pueblos; especialmente la que no tuvo una formación que ha tenido como misión uniformar, en lugar de servir de herramienta de conocimiento del entorno. El poco interés de las autoridades por proteger nuestra riqueza cultural, pese a que el Estatuto de Autonomía obliga a defenderla (artículo 9.47), ha hecho que Extremadura aún no tenga siquiera un atlas lingüístico con el que conocer en detalle las variedades de cada zona.

Ante la desidia en estos asuntos de los poderes autonómicos extremeños, sólo nos queda lo de siempre: investigar por cuenta propia, asociarse, compartir. La cultura -la que refleja de verdad el entorno- nos vacuna contra el tópico inoculado desde el poder que dice que tal o cual persona de pueblo “habla cerrado”, en sentido peyorativo, o que incluso “es muy burra hablando”, sólo porque no lo hace en castellano normativo. Se me quedó marcado cuando de pequeño alguien me comentó, entre risas, que en la feria de un pueblo de Badajoz había escuchado a un joven decirle a otro: “Chacho, arrempújate p’allá, que no cabo”. Qué burros, ¿no? Pues años después volví a toparme con el verbo “arrempujar”, esta vez escrito en un bonito poema en extremeño. Algo “mal dicho” que comparte tanta gente en una región determinada durante tanto tiempo no es algo mal dicho, por definición.

En cuanto a la palabra “cabo” como primera persona del singular del presente de indicativo del verbo “caber”, también pensaba que era una perversión del lenguaje “verdadero”, por decirlo así. El normativo, el “bueno”. Y cuál ha sido mi sorpresa al descubrir, ahora que vivo en Barcelona, que la primera persona del singular del presente de indicativo del verbo “caber” en catalán… exacto: se dice “cabo”. Y sin irnos tan lejos, mirando a nuestros inmediatos vecinos, se puede comprobar cómo en Portugal es correcta la forma “caibo”. ¿En qué momento se convierte en burro alguien por hablar de una forma determinada? Existe un complejo que a los extremeños nos han hecho tener desde siempre, por razones históricas, como región que en un proyecto de país ha tenido un papel nulo, de paso, de despensa y latifundios. Tierra yerma de gente ruda, inculta. De fondo, la leyenda de la España profunda, ya se sabe: criaturas enloquecidas que por un palmo de linde te lían la de Puerto Hurraco. Como siempre, ideología pura.

Al ejemplo anterior se le pueden sumar otros tantos. Las palabras “asín” o “asina”, muy comunes en extremeño, en lugar de “así”, también tienen sus equivalentes en portugués, con “assim”, y en catalán, sobre todo en su variante valenciana, con “aixina”. ¿Cómo que hablamos mal? Nosotros conservamos formas lingüísticas antiguas que el castellano normativo abandonó. Otra cosa que me ha llamado la atención en Cataluña es que, por ejemplo, “la casa de Josep” se dice “cal Josep”. Y no puedo sino acordarme del pueblo de una parte de mi familia, en la comarca de La Serena, en el que desde chico he oído exactamente lo mismo: “ca’l Jose”. La diferencia es que ellos lo escriben en los letreros de los bares, sin ningún problema, y nosotros sólo lo decimos. También el uso cotidiano del verbo “sentir” en lugar de “oír”. A la manera de hablar de Extremadura le hace falta un buen estudio, con apoyo público, integral y con recursos suficientes para trazar nuestro mapa lingüístico con exactitud. Y poder así protegerlo.

El extremeño hoy es, ante la desidia gubernamental, un poco como el “agüelo” del poema que, en el cambio del siglo XIX al XX, escribió José Ramírez (1886-1933), de Jerez de los Caballeros (Badajoz). Abandonado ante un mundo que cambia y le da la espalda, comienza así:
Dir vusotros na más; marcharvos solos
y no vos apuréis por el agüelo.
El agüelo se quea y no se enfusca
porque hayáis decidio distraervos.
Dir vusotros na más. Yo de la jesa
marchame más no quiero
como no m'aguijone algún cudiao
o alguna comenencia o algo más serio;
pero no pa disantos
ni pa dengún jolgorio ni jaleo.

Muchos han escrito en extremeño desde finales del siglo XIX. A falta de una gramática que lo unifique -necesaria para su protección-, cada uno lo ha hecho como ha podido: unos imitando la escritura castellana, otros usando las famosas “h” para representar las aspiraciones de consonantes -al final, claro, el texto se llena de haches de ese modo-. Entre los clásicos que han escrito lo que oían a su alrededor, el más famoso quizá sea Luis Chamizo (1894-1945), que se lamentaba en un poema al ver pasar el tren lleno de gentes extrañas que no se paraban a conocer al campesino:


Vusotros qu'atendéis a las lerturas
sin queär en los jierros ni las juellas,
qu'asina como'l tren vais por la vida,
retumbando y depriesa…

Otro de los grandes, cómo no, fue José María Gabriel y Galán (1870-1905), salmantino de nacimiento pero extremeño de adopción. Nos dejó versos de fuerza desgarradora como ‘El embargo’. Así sentía nuestra tierra en el poema ‘Plétora’:
Yo no sé qué tieni,
qué tieni esta tierra
de la Extremaúra,
que cuantis que llegan
estos emprencipios
de la primavera
se me poni la sangre encendía
que cuasi me quema…

Con las haches, como decía antes, han escrito muchos, como el contemporáneo Pedro Javier Cáceres, de San Vicente de Alcántara:

Asina, con tó muehtru acentu,
me gutta sentí la caraba
d'aquelluh que lo llevan en drentu,
d'aquelluh que l'an mamau
ende chequeninuh jahta de viejuh,
y d'aquelluh tan sentíoh
que l'ohparraman al vientu,
y asina con much'orgullo
dicen: ¡semuh ehtremeñuh!
y ehta eh la muehtra lengua
la que jué de muehtruh aguelog,
aquelluh que jicierun grandi
ehta tierra de barbechuh

En la línea de este desprecio a las hablas tradicionales extremeñas se expresa María José Mateos:

Me trompecé el’otro día
con un forasteru,
mu compuestu y mu finu,
que se llegó ende la capitá,
y decía que semus lus extremeñus
incurtos y de mu mal jablá.
No soy yo una jembra
de mucha gramática
ni tampoco mu estudiá,
pero asina jablaba mi madre,
asina jablaba mi agüela,
asina jablaban lus de mucho más pa’trás,
y asina jablo yo,
pá que no se me olvide nunca ni una letra
de la que jablan también
nuestrus más grandes poetas.

También se han llevado esa nostalgia de un habla cada vez más minorizada muchos emigrantes de los años 60 y 70. Desde Alcalá de Henares (Madrid), la originaria de Jerez de los Caballeros (Badajoz) Consuelo Cuenda, escribía versos como estos:

Asina que siento cerca mi tierra extremeña
me entra un süo frío y jasta temblaera
arrempujo p'alantre con el cuerpo
como si volá quisiera pa llegá cuanto antes.
Pa sentí el aire y pa ve los colores de mi tierra
y escuchá el palrá de mi gente,
que entavía se cuelan palabras mu d'nantes
que se quearon p'a siempre en mi mollera
y me gusta escuchalas de nuevo,
con ese acento durzón que tié caencia.

Entre los poetas que hoy siguen escribiendo en extremeño me gustan especialmente dos. Uno de ellos es Javier Feijóo, que así se expresaba a la muerte de Julián Mojedano:

Arrebusco’n el jondón de mis sentíos
esa juerza qu’arrejunte mis palabras
pa jacer el homenaje que merece
a esa vos que del castúo jizo patria

Aunque si de Javier Feijoo se trata, tanto como leerle gusta escucharle, como en esta gran dramatización que hace de su poema ‘La cara oculta de la tierra’, donde habla del drama de los emigrantes extremeños:

El otro poeta al que me gusta seguir, con una obra que tampoco deja de crecer, es el veterano Cruz Díaz. Él, además, tiene el añadido de que lo hace según la norma establecida por OSCEC, un colectivo de investigadores que aspira a la unificación de las hablas extremeñas como paso indispensable para poder protegerlas y promocionarlas. Las terminaciones en “e” las hacen en “i” y aquellas en “o” las hacen en “u”. Mientras que en el norte de Extremadura, explican, las “u” e “i” finales son más evidentes, en el sur las “o” y “e” son más cerradas que en castellano. De ahí la terminación normativa. La impotencia ante una riqueza cultural que se pierde también marca los versos de Díaz:

Esti mou del palral
que tuvun nuestrus agüelus
que es patrimoñu i coltura,
tesoru de nuestru puebru
que ai que cudia-lu de siempri,
defendi-lu i protegi-lu,
lo mesmu que las costumbris,
pinturas i decumentus,
arroyus, montis i ríus,
escritus i menumentus.

Muchos son los versos escritos en extremeño, olvidados, sin apoyo institucional, minusvalorados junto con la joya lingüística que representan nuestras hablas. Por eso, que algunos decidan cargar sobre sus espaldas la titánica tarea de ponerlas en valor, pese a tener todo en contra, sólo puede causar admiración. Es el caso de OSCEC, con el incombustible Ismael Carmona al frente -que escribe semanalmente una columna en extremeño-, o el de iniciativas escolares como Juglarex -”Guardianes de la cultura”, es su lema-, que tratan de acercar a los niños en la escuela el amor por su riqueza cultural. Si algún día el extremeño gana por fin prestigio, le deberemos demasiado a estos pequeños héroes que hacen estos años su travesía en el desierto. A todos ellos, gracias por mantener el candil encendido.






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