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Opinión-Editorial

Alcohol, violencia y viceversa

23 de Mayo | 12:47
El consumo de alcohol y la aparición de episodios de violencia son dos procesos paralelos que pueden interaccionar, o no, pero en los cuales no necesariamente la existencia de uno implica la aparición del otro. De hecho, el orden en la aparición de ambos fenómenos puede ser recíproco: el consumo de alcohol puede derivar en un episodio de violencia así como una exposición continua a la violencia podría fomentar el consumo de alcohol, creando así un circuito de retroalimentación del que se precisa de ayuda profesional para poder salir.

Es inútil tratar de encontrar una explicación única y absoluta que defina el papel que otorgamos al alcohol en las situaciones de violencia.

En estas líneas procuraremos abordar esta temática desde dos puntos de vista que no siempre son valorados y tratados en equidad. Y es que cuando pensamos en un caso donde aparece de forma comórbida violencia y alcohol es habitual pensar que la persona que ha consumido es el agresor. Sin embargo existen también casos en los que es la víctima quien tiene los problemas de adicción.

Planteadas ambas situaciones, la percepción social del consumo de alcohol varía en función del género, asociando distintas connotaciones de responsabilidad al respecto.

En el primero de los casos, donde el abuso de alcohol se realiza por parte del agresor encontramos distintas teorías explicativas, resultado de estudios que buscan dar una explicación física que justifique el comportamiento de estas personas bajo los efectos de distintas sustancias.

Podemos aportar para ilustrar algunas pinceladas de estos estudios el modelo integrado proyecto MALVA donde se explica que el alcohol agrava trastornos previos, disminuyendo el autocontrol sobre la agresividad e incluso induciendo trastornos mentales específicos que asimismo generan agresividad; finalmente aparece la violencia, como resultado del fallo en el sistema de autocontrol, y los mecanismos de retroalimentación que contribuyen a su mantenimiento. El alcohol afecta a los centros superiores del cerebro, bloqueando el funcionamiento del sistema cortical responsable de controlar las inhibiciones, y obteniendo una serie de efectos psicológicos placentero.

Tras leer un breve resumen de este modelo, podemos acabar concluyendo que al fin y al cabo el agresor “no sabía lo que hacía” debido a que se encontraba bajo los efectos del alcohol quedando así justificada en cierto modo su actuación.

Ahora bien, en el segundo de los casos, en el que el abuso de sustancias viene dado por parte de la víctima, la interpretación realizada de la situación varía partiendo de la base, de que ante los ojos de la sociedad una mujer alcohólica ha fracasado como mujer y ha perdido su feminidad. Se les atribuye una deficiencia moral, resultan escandalosas y se someten al estigma sexual: “el alcohol hace a la mujer promiscua”.

Cuando esta situación va asociada a violencia de pareja, en ocasiones encontramos la postura por parte de la sociedad: “no me extraña que le pegue”. Acentuando de esta manera la culpabilización de la mujer alcohólica y sustentando con ella, la idea de que la situación de maltrato está provocada por el consumo de alcohol de la víctima, causando a ésta un perjuicio adicional, ya que la responsabiliza de la violencia y aumenta con ello su victimización.

Deberíamos plantearnos si estas mujeres recurren al alcohol cómo única vía de escape que encuentran ante el infierno que viven. Por supuesto no es la solución adecuada, pero tratemos de valorar estas situaciones como los potenciales factores de riesgos en los que acaban convirtiéndose.

Dejemos a un lado los juicios morales, y actuemos para solucionar. En estos casos podemos contribuir a salvar vidas.


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